Todo cambió…

Mientras tanto, el oro del tiempo pasa delante de mí… Y nada, absolutamente nada me devuelve la sonrisa borrada. 

El otoño envuelve el parque del Tío Jorge… Y todo cambió radicalmente… Ya no están nuestros columpios, el espacio se distribuye de otra forma en que yo lo conocí… 

Todo, todo se transforma inevitablemente. Y no a peor; por supuesto que no. Los niños corretean, los jóvenes vitales y activos… Y el sol calienta acariciando la mañana.

Y me siento feliz, aunque no sonría… Amo mi vida, amo la vida y amo a quienes amo y amé… Por ese orden tan extraño en mí.

Ahora; ya no.

He conocido a personas demasiado orgullosas… Incapaces de dar su brazo a torcer. Parece una tontería, pero no he visto mayor enfermedad que ello. Para vivir en paz y en armonía con nuestra propia alma es necesario quererse mucho, reconociendo el problema. Las personas que son así, se bloquean así mismas y jamás serán felices.  

El sarcasmo y la ironía, no son otra cosa que maltrato puro. Y no reconocer este hecho en uno mismo, es el permiso para vivir en un propio infierno. 

Ahora ya no vale decir: “Yo soy así”

Buscando un motivo

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Después de casi dos meses sin escribir, uno llega a la conclusión que las cosas han cambiado porque quizás yo soy el primero en renovarme en mi entorno, por necesidad.

Mis ocupaciones cambian, la vida la valoro como nunca… El amor hacia muchas cosas y personas que me rodean ha crecido de manera notable.

El deporte es vital para mí… pienso mientras corro cinco, diez e incluso quince kilómetros. Soy más feliz, mi corazón ha bajado a la mitad de pulsaciones de manera espectacular… Pero aceptar el final es una tarea que la ejercito cada día…

No me horrorizan las malas acciones de los demás. Procuro centrarme en lo positivo, aceptando lo presente. No obstante, me enfado como ser humano que soy. Me acepto como soy.

Buscaba un motivo para seguir escribiendo… y sin embargo, encuentro muchos más.