Zarpazo de Cariño

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Las avisté de lejos, sabiendo bien que lo que querían, por la postura que tenían en el borde de la acera, con la mirada a la búsqueda de una luz verde, una cualquiera… En ese momento madre e hija suspiraron de alivio, al ver como me acercaba sobre el asfalto mojado con las luces de intermitencia del taxi…

Al lado de ellas,madre e hija, unas bolsas y un maletón descansaban en el suelo, y me invitaban a bajar y estirar mis piernas entumecidas por las horas sentado, yo les ayudaría a ellas y a mis piernas al mismo tiempo. La frescura que se respiraba era vitalizadora y ozonizada tras la lluvia…

Me dieron las buenas tardes y enseguida tomé dirección hacia la estación intermodal, lugar de encuentros, desengaños amorosos y de negocios principalmente.

Hablaban entre ellas, deduje que acaban de salir de una consulta privada de cardiología… La madre le acababa de sufrir un infarto días anteriores, y recuperada en un principio, se dirigían a tomar el tren hacia Logroño… Una llamada de móvil por alguien interesado por su salud, aclaró con bastante certeza de lo que hablo. Compañero de trabajo de la oficina, hablaban en voz muy alta con expresiones típicas de La Rioja.  Buena gente, pensé yo…

Al acabar la comunicación la mujer le comentaba a su hija de unos veintitrés años: Se acabaron los bomboncicos y las cosicas ricas… Esto no pensaba que me iba a pasar a mí… Su cara sonrojada llevaba un gran susto y desilusión, estaba viviendo la dura realidad de asumir un infarto y empezar a caminar de nuevo en la vida. Estaba viva y eso era lo más importante.

Las dos mujeres emanaban cultura y además eran trabajadoras. Seguidamente me agradecieron mi servicio, llamándonos a los taxistas “ángeles salvadores” de cualquier ciudad del mundo al visitante despistado y buscando solución directa a sus problemas de movilidad urbana…

Enseguida se le olvidó su percance y cuando estaba cobrando el importe del servicio a su hija, ella se bajó y bajó todo el equipaje. yo con las monedas del cambio en la mano todavía le grité desde el interior del taxi:

¡Señora espérese que ahora bajaré!

La hija sonriendo me susurró:

“Mi madre siempre haciendo travesuras…”

Me devolvió las monedas del cambio en agradecimiento, sonriéndonos mutuamente.

Bajé del taxi, aunque ya en vano, porque ya no había nada que sacar del maletrero, entonces les deseé buen viaje y dirigí la mirada a la chica joven y le comenté:

“Cuida bien de tu madre.”

Así lo haré, me contestó.

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