Midiendo el tiempo

Supongo que cada cosa necesita su tiempo, a veces este nos parece que va despacio, lento y otras sin embargo se nos escapa de las manos como un puñado de arena entre los dedos.

Me cuesta escribir mucho, casi simpre por no tener ganas de hacerlo. Y me ocurre lo mismo al expresarme con los demás… Cuanto más blanquea mi perilla en mi barbilla, menos me pronuncio con las personas.

Susy está estudiando las calles, para presentarse al examen de las calles de Zaragoza, luchamos en silencio por nuestras hijas.

Seguimos acondicionando nuestros muebles en nuestra casa… En la foto está la litera que compramos en Colloto (Oviedo), ahora sin vestir porque ahora sobra en esta casa. Sin embargo la buhardilla está bien soleada con sus dos claraboyas, y cualquier cosa que le pones sienta de maravilla.

Susi, la peque siempre feliz y entre los peluches está Charlie, ese perrico tan especial que nos acompaña a todos los sitios.

Si quieres…

Si quieres mejorar tu vida,
debes correr tu propia carrera.
No importa lo que la gente pueda decir de ti.
Lo importante es lo que te digas a ti mismo.
No te preocupes de las opiniones ajenas
siempre y cuando sepas que estás haciendo lo correcto.
Puedes hacer lo que gustes mientras
a tu conciencia y a tu corazón
les parezca justo.
No te avergüences de hacer
lo que consideras correcto;
decide lo que está bien y aférrate a ello.
No caigas en el hábito de medir tu propia valía
en función de la valía de los demás.
“Cada segundo que inviertas
en los sueños de otro,
te estás apartando de los tuyos.”
La vida, para mí,
no es una vela que se apaga.
Es más bien una espléndida
antorcha que sostengo en mis manos
durante un momento,
y quiero que arda con la máxima
claridad posible antes de entregarla
a futuras generaciones

(Bernard Shaw)

Las arrugas del abuelo (Cuento)

Era un día soleado de otoño la primera vez que Susi se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.

– Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.

El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.

– ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas
– Ya lo sé Susi. Es que soy un poco viejo… Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.

A Susi se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños…

Desde aquel día, a Susi su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:

– ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?

Susi se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo

– Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque…. ¡te quiero!

Autor.. Pedro Pablo Sacristán


P.D. 
Donde dice Susi… en el cuento original dice Bárbara.

Unos segundos ausente…

Mi organísmo ayer tuvo un pequeño, pequeñísimo accidente, pero bastó para recordarme que la gente somos idiotas de atar, perdiendo el tiempo por ahí.
Al extraerme sangre para un análisis rutinario, mi mente se nublo,mi vista se apagaba y sentí un instante de rabia e impotencia, cuando soltaba mi bolsa de mano y mis gafas de sol caían al suelo sin piedad.

Lo material volvía a la tierra,la materia viva y mortal se desvanecía irremediablemente tras la falta de riego sanguíneo a mi cerebro. De repente me encontré

a merced de la suerte, desplomado en el suelo. El chico fuerte y robusto que estaba sentado junto a mí, me miró incorporándose a sus asuntos.

Mientras la enfermera me decía que la vez próxima habría de tumbarme en una camilla por sucederme estas cosas, mi corazón bombeaba sangre instintivamente, aferrándome a la vida clara. Un sudor helado corría por mi cara.

A los cinco minutos estaba recuperado totalmente.

Así de estrecha es la línea de la vida y de la muerte.

Amo tanto la vida

Parroquia de Nuestra Señora de La Asunción (Foto tomada por mí, en la pared embaldosada de un comercio)

la Puebla de Alfindén es el escenario que de nuevo contemplamos al abrir los ojos cada mañana, es gratificante mirar el cielo y verlo de color azul.

Ya sé que en mis últimas entradas no he parado de mencionar el sol, pero es que no os podéis imaginar lo que se gana en nitidez visual y en el calorcico que nos sienta de maravilla. No para uno de aprender en esta vida, otra cosa es que no se exprese y las impresiones se guarden en el baúl de los olvidos.

Estamos estudiando calles de Zaragoza muy ilusionados, a pesar de lo aborrecidos que nos dicen que estan los compañeros taxistas. Y yo lo veo muy claro, además.
Después de 25 años en el sector es una pena lo mal que se ha puesto todo, pero desde luego vamos a intentar por todos los medios no perder la calidad de vida que nos merecemos, somos unos luchadores y debemos levantarnos con una sonrisa.

Esta mañana me hicieron un electrocardiograma, porque yo mismo voluntariamente le comenté a mi doctora que llevaba mucho tiempo sin revisar. En los últimos meses (desde Noviembre), llevo más de veinte kilos perdidos y me encuentro genial, pero debo controlarme muy rigurosamente, porque la genética no juega a mi favor… y los hábitos sólo corren por la cuenta de uno mismo. Y yo quiero estar saludable por mi bien y por el de mi familia.

Amo tanto la vida…