Casualidades e imprevistos de un medio loco

Ya acabamos de traer todas las cosas de Zaragoza a Oviedo, bueno éste último viaje a sido el peor… según se mire.

He tenido problemas con el coche… pero ello nos hizo vivir una aventura inolvidable en Bilbao.

Ayer tarde acababa de montar las barras y los portabicis en el coche, todo listo para hacer un viaje más de los siete u ocho que llevamos en un mes con el traslado. Sólamente que por fin, en vez de hacerlo con la furgoneta de mi cuñado, íbamos a hacerlo con el Scenic 4×4 que compramos hace un mes. Lo que ocurre es que con los coches de segunda mano que no sabes quien los ha llevado, resulta que surgen sorpresas desagradables, por un mal mantenimiento mecánico. (Luego dicen de los taxis)

Ayer, cuando ya habíamos pasado Bilbao por la A8 dirección Santander, de repente en medio de la autovía con varias arterias a ambos lados, se enciende el piloto de la batería y la temperatura comenzaba a subir con un STOP SERVICE inmediato parpadeante…

Lógicamente los síntomas eran claros, la correa del altenador-agua se había roto y no cargaba el dichoso alternador, la bomba de agua por narices dejó de rodar y refrigerar, elevándose la temperatura con peligro de calentón y jorobar culata… Pero para eso he sido taxista y no dí lugar a nada de eso.

Me aparté de mala manera en el arcén, con un acojone impresionante, por los camiones que pasaban quitando el polvo al retrovisor. Justo nos vino para poner el triángulo y meternos otra vez en el coche.

Llamé al seguro y después de más de una hora vino a recogernos a los tres un taxista mas majo que la leche, nos encontró él, antes que la grua (como siempre).
El seguro nos pagó un hotel (Hotel Gran Bilbao) de cuatro estrellas, que nos quedamos alucinando de las instalaciones y el confort que ofrece…

Bueno, hoy hasta las tres y media de la tarde, el coche se quedó en Basauri en el concesionario Renault que hay frente a la cárcel. Así que aprovechamos para vivitar el Guggenheim en Bilbao.

En la visita al museo tuvimos una anécdota… cuando llevábamos visitando el Guggenhein más de una hora, una señora muy amable nos invitó a abandonar el museo.

– “Llevan ustedes un perro en ese “transportín” y está prohibido.

Pues no habíamos caído en la cuenta, y como a Charlie (es un chihuahua miniatura que pesa exactamente 1kg.) ni se le vé ni se le oye al pobrecico, lo metimos sin pensar en el museo y con naturalidad, dentro de la coqueta bolsita azul.

Lo cierto es que nos devolvieron la pasta y ADIOS GRACIAS YA ME CANSABA DEL GUGGEN.

Bueno ahora ya estoy en mi casa de Oviedo y con ganas de descansar.

¿Quien tiene tiempo para aburrirse así?

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