¡ Adios 2009, adios !


En la Puerta del Sol

como el año que fue

otra vez el champagne y la uvas

y el alquitrán, de alfombra están.

Los petardos que borran sonidos de ayer

y acaloran el ánimo

para aceptar que ya, pasó uno más.

Y en el reloj de antaño

como de año en año

cinco minutos más para la cuenta atrás.

Hacemos el balance de lo bueno y malo

cinco minutos antes

de la cuenta atrás.

Marineros, soldados, solteros, casados, amantes, andantes

y alguno que otro

cura despistao.

Entre gritos y pitos los españolitos

enormes, bajitos hacemos por una vez

algo a la vez.

Y en el reloj de antaño

como de año en año

cinco minutos más para la cuenta atrás.

Hacemos el balance de lo bueno y malo

cinco minutos antes

de la cuenta atrás.

Y aunque para las uvas hay algunos nuevos

a los que ya no están echaremos de menos

y a ver si espabilamos los que estamos vivos

y en el año que viene nos reímos.

1,2,3 y 4 y empieza otra vez

que la quinta es la una

y la sexta es la dos y así el siete es tres.

Y decimos adiós

y pedimos a Dios

que en el año que viene

a ver si en vez de un millón

pueden ser dos.

En la Puerta del Sol

como el año que fue

otra vez el champagne y las uvas

y el alquitrán de alfombra están.

" Ser felices no es estar divertidos "

” Ser felices no es estar divertidos El gran anhelo de la mayoría de los padres es que los hijos sean felices. Y no hay nada de malo en ello. Lo grave es que la cultura consumista, en su esfuerzo por vendernos cuanta cosa se produce masivamente asegurándonos que nos hará felices, también nos vendió la idea de que la felicidad consiste en vivir constantemente gratificados y divertidos, libres de cualquier contrariedad, tristeza o incomodidad. Y tal parece que ésta es la clase de felicidad que los padres ahora nos esforzamos por darle a los hijos.

Con tal propósito, la vida de los niños está cada vez más llena de actividades entretenidas para mantenerlos contentos. Ya no es suficiente mandarlos a un campo de verano o al club a que hagan deportes durante las vacaciones. Ahora, hay que tenerles otros planes para las pocas horas que les quedan libres. Tampoco basta un viaje de veraneo, hay que programar nuevos paseos para cuando regresen. Y a lo largo del año hay que permitirles que vivan de plan en plan y complacerlos en cuanto capricho tengan para seguirlos viendo sonrientes, todo lo cual implica que los padres corran y gasten sin misericordia.

El resultado de este esfuerzo es todo lo contrario a lo que nos proponemos: niños inconformes, insaciables, que no saben entretenerse porque no lo han hecho, que no ambicionan nada pero lo exigen todo. Y padres exhaustos, estresados y que viven la crianza como una agotadora maratón. Lo contradictorio es que todo esto lo hacemos para garantizar su felicidad y por ende la nuestra. Pero me pregunto ¿de qué felicidad estamos hablando si tanto agite nos tiene exhaustos y agobiados, y a los niños incapacitados para gozar lo mucho que tienen?

Este estilo de vida ha dado lugar a la llamada enfermedad de la afluenza, una especie de gripe existencial producto de la abundancia material y la pobreza espiritual con que terminamos el siglo pasado. Y pasa con ésta lo que pasa con la gripe: nada importa mucho porque la única meta es sentirse lo mejorcito posible. Dentro de la filosofía de vivir para gozar como medida de felicidad, hartamos a los niños hasta el hastío y acabamos con su motivación, su entusiasmo y su capacidad de asombro, sentimientos indispensables para ser felices.

Tenemos que dejar de ser directores de recreación de los hijos. Lo que les está dejando esta vida es un estado de indiferencia por saturación, en el que no hay desafíos, ni ideales heroicos, ni grandes metas, porque lo único que cuenta es pasarla bien. Es decir, no hay una buena razón para vivir, lo que significa que el precio de una felicidad tan trivial es una vida sin sentido. No sin razón se ha dicho que la tragedia de los pobres es que no tienen con qué vivir y la de los ricos es que no tienen para qué vivir.”

Ángela Marulanda, Autora y Educadora Familiar.

Tarifas Autotaxis de Zaragoza 2010

Estas son las tarifas que nuestro Ayuntamiento y Gobierno de Aragón, en éste próximo año 2010 aplicará “EN SUS AUTO-TAXIS”.
*Clica en la imagen para visualizarla correctamente.

Cabe recalcar que las tarifas de los auto taxis, generalmente las pone el AYUNTAMIENTO DE CADA CIUDAD y nosotros nos limitamos a aplicarlas.

Señalar que el cambio de tarifas en el aparato medidor (taxímetro) corre de nuestra cuenta. Ayer al técnico o relojero le abonamos 25 euros y más adelante, pasaremos una inspección técnica (ITV especial) que también supondrá un nuevo desembolso económico, para el trabajador autónomo que es el taxista.

Separador Navidad Pictures, Images and Photos

" Como un papel arrugado "

” Mi carácter impulsivo, cuando era niño me hacia reventar en cólera a la menor provocación, la mayoría de las veces después de uno de éstos incidentes, me sentía avergonzado y me esforzaba por consolar a quien había dañado.

Un día mi maestro, que me vio dando excusas después de una explosión de ira, me llevó al salón y me entregó una hoja de papel lisa y me dijo:

– ¡Estrújalo!

Asombrado obedecí e hice con él una bolita.

– Ahora -volvió a decirme- déjalo como estaba antes.

Por supuesto que no pude dejarlo como estaba, por más que traté el papel quedó lleno de pliegues y arrugas.

– El corazón de las personas -me dijo- es como ese papel… La impresión que en ellos dejas, será tan difícil de borrar como esas arrugas y esos pliegues.

Así aprendí a ser más comprensivo y paciente. Cuando siento ganas de estallar, recuerdo ese papel arrugado.

La impresión que dejamos en los demás es imposible de borrar…

Más cuando lastimamos con nuestras reacciones o con nuestras palabras… Luego queremos enmendar el error pero ya es tarde.

Alguien dijo alguna vez Habla cuando tus palabras sean tan suaves como el silencio. Por impulso, no nos controlamos, y sin pensar, arrojamos en la cara del otro palabras llenas de odio o rencor y luego cuando pensamos en ello nos arrepentimos. Pero no podemos dar marcha atrás, no podemos borrar lo que quedó grabado en el otro.

Muchas personas dicen: Aunque le duela se lo voy a decir… o La verdad siempre duele… o No le gustó porque le dije la verdad…

Si sabemos que algo va a doler, a lastimar, si por un instante imaginamos cómo podríamos sentirnos nosotros si alguien nos hablara o actuará así… ¿Lo haríamos?

Otras personas dicen ser frontales y de esa forma se justifican al lastimar: Se lo dije al fin… o ¿Para qué le voy a mentir…? o Yo siempre digo la verdad aunque duela…

Qué distinto sería todo si pensáramos antes de actuar, si frente a nosotros estuviéramos sólo nosotros y todo lo que sale de nosotros lo recibiéramos nosotros mismos. ¿No?

Entonces sí nos esforzaríamos por dar lo mejor y por analizar la calidad de lo que vamos a entregar.

¡Aprendamos a ser comprensivos y pacientes!

¡Pensemos antes de hablar y de actuar!

La última inocentada de Noel

Papá Noel éste año antes de marcharse, nos ha gastado una inocentada:

A las once y media de la noche llama un “desconocido” a Radio Taxi Zaragoza y solicita un taxi que lleve un enganche o bola (de esas que te joroban la matrícula al aparcar de oído). El desconocido cliente debía hacer “un servicio especial”.

No cayendo en la cuenta que es ilegal enganchar cualquier tipo de remolque sin la documentación adecuada, nuestra locutora solicita por voz el servicio y… ¡Sorpresa! sale el taxista iluminado que afirma llevar “bola” en su flamante mercedes.

Seguídamente nadie dice nada en los siete siguientes segundos. Cuando por fin, de nuevo la locutora, supongo que después de enterarse de la inocentada,rompe el silencio comunicando “que lo deje”, que ya está solucionado.

A mí se me antoja coger el micrófono de la emisora y decir:

-Será Papá Noel para enganchar el trineo… deben de estar muy cansados los renos éste año…

Viejo en trineo Pictures, Images and Photos

" La luz es como el agua "



“En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.”

Gabriel García Márquez.