Perdida

Estabas perdida, recién herida y no quisiste pensar en nada, tan sólo escapar con el primer taxi que pasaba por allí.

Te mordías los labios sin querer hablar con nadie, me hiciste un gesto con la mano de ir hacia delante y casi sin poder evitarlo te pusiste a llorar sin parar. Un móvil que sonaba lo apagaste asustada, sin consuelo. Una traición sin duda alguna. Un momento delicado y demasiado íntimo para preguntar.

Pasado ése primer mal trago te ibas recuperando y apretabas tus labios entre dientes, mirando hacia el infinito.

Despertaste de tu sueño y me viste allí conduciendo hacia ningun lado, escuchando una canción clásica de amor.

Tu mirada se volvió tranquila y sonreíste; me sonreíste. Entonces eras tú y te disculpaste sin tener que hacerlo, con una amabilidad clara y serena.

Al final de la avenida decidiste dar un paseo que te devolviese a la vida y dejar que el aire fresco de la recién estrenada mañana acariciase nuevos horizontes por descubrir.

Él no la mereció.
Ella seguramente encontraría otra bella alma que mitigase su dolor, ahora reciente.

El taxi se perdía en las primeras luces del amanecer, buscando otros ojos, otros mundos y nuevos instantes cargados de sentidos…

Jose.

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