" Rayas no te vayas "

Hace nueve años se celebró el 50 aniversario de la Cooperativa de Taxis de Zaragoza y como obsequio maravilloso nos regalaron un cuento precioso. En él cuenta la historia de un taxi de Zaragoza, cuando todavía nuestro logotipo era la bandera de Aragón pintada en las puertas…(Rayas).

Su autor es Ángel Pérez, un periodista zaragozano y autor de varios libros y del cuento “La boina azul”.

Por una casualidad de la vida, hace unos días mis hijas lo encontraron entre los libros que permanecen “dormidos”. Ellas fueron las princesas que lo rescataron del sueño y olvido; me sorprendieron gratamente cuando me hablaron del “RAYAS; NO TE VAYAS”

Es un placer para mí compartir algo tan tierno y tan bello con vosotr@s:

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“Tengo mucha suerte de ser un taxi.
Estoy todo el día en la calle, voy de un lado a otro cambiando continuamente de recorrido y, sobre todo, conozco a gente.
La mayoría de los otros coches pasan horas y horas encerrados en oscuros garajes o aparcados bajo un achicharrante sol, muertos de aburrimiento. Hacen y deshacen siempre el mismo camino: del garaje al trabajo de su dueño y de allí, otra vez al garaje. Tan sólo de vez en cuando un garbeíto para las vacaciones: a la playa a la montaña o al pueblo. Una vez por semana, al hiper a hacer la compra. Y no conocen a gente diferente.
Por eso tengo suerte de ser un taxi.

También podría haber sido una furgoneta o un camión. Pero sería peor; siempre cargado como un burro.
O un enorme autobús. Hombre, está bien conocer gente, pero no tanta de golpe. A mí me gusta más el trato personalizado, que quieres que te diga.
O podría haber sido una ambulancia. Pero es una vida con demasiado estrés y con demasiada responsabilidad. A veces, siendo taxi, ya me ha tocado hacer casi ambulancia, como cuando aquella señora que iba a ser mamá en el camino, sin esperar a llegar al hospital. ¡Menudo susto!.

Ser taxi es importante. hay carriles sólo para nosotros. Tenemos paradas especiales donde reunirnos y estar un rato descansando a la espera de que venga un cliente. Y solucionamos muchos problemas. Somos un servicio público, o sea, que estamos para ayudar a los demás, aunque hay quien dice que estamos para incordiar, porque molestamos a otros coches cuando recogemos o dejamos a nuestros viajeros. Mucha envidia es lo que hay.

Aquí me tienes contándote cosas de la vida de un taxi… ¡y ni siquiera me he presentado!. Perdón, perdón.
Me llamo Rayas. Es por las rayas rojas y amarillas que llevo en las puertas. Por si no lo sabes, forman la bandera de Aragón. En mi ciudad las llevamos todos los taxis, pero sólo yo me llamo Rayas y estoy contento con mi nombre: es cortito, redondo y tiene fuerza, ¿a que sí?.

Me llamo rayas, ya digo, pero todos mis compañeros me llaman “Rayas-No-Te-Vayas” así todo seguido. Desde luego es un nombre raro, una especie de apodo. Pero tiene su explicación. Si quieres te cuento porqué me llaman de una forma tan larga y ripiosa. es una de esas historias que le pasan a uno cuando es joven y tiene más buena voluntad que experiencia.
Todo comenzó un día en que salí especialmente contento a la calle. ¿No te pasa a tí que, sin saber muy bien porqué, estás una mañana más feliz que una perdiz y con ganas de hacer el bien sin mirar a quien?. Pues eso me ocurría a mí.

Primero me cogió un señor: Traje gris, corbata apretada al gaznate, maletín y un teléfono móvil que no paraba de sonar. me pidió que lo llevara a la Delegación de Hacienda. pero me dió pena. le eché un discreto vistazo y pensé:

“Pobrete, tiene cara de angustia. Seguro que le vendría bien un rato de diversión y asueto en un sitio estupendo. Y desde luego, el ministerio de Hacienda, con tanta oficina y ventanilla, no debe ser la alegría de la huerta. lo voy a llevar al Parque de Atracciones para que se monte en una barquita y se suba en la noria y se pegue un remojón. ¡Ya verás qué sorpresa tan agradable se dá!”.

No le dije nada y enfilé, muy decidido, hacia los Pinares de Venecia. El hombre comenzó a protestar; pero yo ya contaba con eso. Las sorpresas no se pueden destripar porque pierden su capacidad sorpresiva, así que no le dejé bajarse hasta la mismísima puerta del Parque de Atracciones.

Allí se quedó el cliente dando gritos y saltos y haciendo molinetes con el maletín, yo creo que de contento. tan contento estaba que ni me pagó ni nada. A cambio, me regaló su teléfono móvil. Me lo tiró cuando ya me iba -como una muestra de agradecimiento, digo yo- y menos mal que el chisme acertó a entrar por la ventanilla, porque si no llega a certar y me abolla, menuda gracia. hubiera tenido que ir al chapista, que es algo parecido a un traumatólogo de coches.

Con la satisfacción de haber hecho un gran favor a un ser humano, bajaba por la Gran Vía cuando me paró una señora cargada con bolsas de compra que dejaban asomar barras de pan, lechugas, patatas y ésas cosas que comen los humanos (los taxis, con una bombona de butano o un trago largo de diesel aguantamos varios días).
Me dió una dirección que debía ser la de su casa, pero tengo que reconocer que ni siquiera la escuché.

Para cuando había logrado encajar las bolsas en el asiento de atrás y para cuando había logrado encajarse ella misma entre las patatas y las lechugas, yo ya tenía decidido que no iba a llevarla a su casa.
“Seguro que ha de ponerse a hacer la comida, como todos los días. Total, para que luego lleguen su marido y sus hijos, y se la zampen sin ni siquiera dar las gracias. Y además tendrá que fregar, quitar el polvo, sacar la ropa de la lavadora, tender y planchar y coser calcetines. Y siempre lo mismo. Ésta mujer está pidiendo a gritos irse de viaje a algún lugar maravilloso…”

Y la llevé al aeropuerto. Allí podría subirse en un avión que fuera, por poner un ejemplo exótico, al Caribe.
También protestó por el camino. tampoco le dí explicaciones, para no estropear la sorpresa. También se quedó profiriendo gritos- yo creía que de júbilo- en la puerta del aeropuerto. Tampoco me pagó la carrera.
Pero me regaló una bolsa de cinco kilos de patatas y dos botes de fabada asturiana, que me arrojó alegremente desde varios metros de distancia. Quiso obsequiarme también con las lechugas, pero se estrellaron contra el parabrisas y se quedaron un poco desmochadas…”

“Al regreso del aeropuero pensaba yo que había encontrado , por fin, mi destino.
Nada de ser un taxi normal. No llevaría a los clientes a donde tenían que ir, sino a donde “les convenía” ir. Una sútil diferencia que, como los clientes no apreciaban debido a su ajetreada y rutinaria vida, yo descubriría por mí mismo.

Después del éxito obtenido con los dos primeros que habían experimentado este nuevo servicio -único en el mundo-, éxito demostrado en sus saltos y gritos de felicidad y en su afán de tirarme cosas como regalo, estaba decidido a seguir con tan innovadora manera de entender el transporte público. Transporte, sí. Pero improvisado e imaginativo. Acababa de entrar, como el que no quiere la cosa, en el sector de la Investigación, el Desarrollo y la Innovación. Eso que los mayores llaman el imasdémasí, o sea I+D+I. Me sentía un genio.

La cosa se estropeó a la tercera. Justo cuando pasaba ennfrente de un banco (no los de sentarse, sino de los de guardar dinero), un coche salió de estampida con unos viajeros muy extraños y feísimos dentro. Llevaban la cabeza metida dentro de una media (una media para cada uno; no iban a llevar todos metida la cabeza en la misma media…) y eso les daba una pinta atroz. casi al mismo tiempo me abrió la puerta un hombre con muchas prisas, que entró al grito de: -¡Policía!. ¡Siga a ese coche!

He de reconocer que, al principio, sentí el impulso de hacer lo que me había ordenado. Pero circulábamos junto al Parque Grande, los viajeros del coche al que teníamos que seguir eran cuatro feos y malencarados y mi pasajero uno, policía y con cara de buena persona, así que dejé que se perdiera el coche de los malos y me puse a seguir al tren chu-chú del parque, que era una cosa más tranquila y más relajante.

Si a mi cliente le apetecía jugar a las persecuciones, el tren chu-chú era más fácil de pillar y no representaba peligro alguno. Estaba seguro de que el policía lloraría de agradecimiento al no jugarse el físico por toda la ciudad detrás de unos tipos con la cabeza metida en una media (hemos quedado en una media para cada uno).
lloró, sí. Pero, al parecer de desesperación. Y ahí se desencadenó todo lo que vendría después.

Lo que vino después fué que me encerraron entre rejas El policía me detuvo por desobediencia a la ley y el orden y, además por meterme en el Parque Grande sin permiso.
Y el señor que me había regalado su teléfono móvil y la señora que me había pagado la carrera con un saco de patatas y dos latas de fabada asturiana (recuérdese que las lechugas se espachurraron contra el parabrisas), me habían denunciado al unísono por secuestro y posterior abandono en paraje lejano.

Durante el juicio, yo no salía de mio asombro:
-Señor juez, sí los llevé a otro sitio fué por hacerles un favor…-trataba de explicar.
-Pero ¿tú eres tonto o te falta poco? -bramaba el juez.
-¿Y los saltos de alegría que daban?. ¿Y los gritos de felicidad. ¿Y los regalos que me han hecho?

-No puedo creer que seas tan cretino. Los saltos eran de ira, los gritos maldiciones y lo que tú llamas regalos no eran sino armas arrojadizas, ¡Como no había pedruscos gordos, te tiraron lo que tenían más a mano, cebollino!. ¡A quien se le ocurre llevar a los clientes a donde se te antoje a tí y dejarlos allí tiraos!
Me invadió la desolación. Yo convencido de ser un benefactor de la humanidad y mis presuntos beneficiarios, más cabreados que una mona. Qué palo, que vergüenza. qué oprobio. iba a ser la risa de la profesión.El cachondeo padre.

-Me declaro culpable señor juez -reconocí abrumado-. Enciérreme, depórteme a Madagascar, fusíleme al amanecer. Pensaba en hacer felices a mis clientes y lo único que he hecho ha sido hacer el ridículo. Quíteme las rayas, señoría, porque nunca más seré un taxi…
Algo se ablandó el corazoncito del juez porque sólo me puso una multa y ni me condenó a cadena perpetua, ni me envió al desguace, ni me mandó fusilar al amanecer.
Salí libre, con la única advertencia de que asumiera seriamente mi responsabilidad laboral y me dedicara a llevar a la gente donde la gente pidiera, sin hacer interpretaciones personales acerca de donde les convenía ir o no -“interpretaciones que siempre serán subjetivas y gratuitas”, señaló el magistrado con el ceño fruncido y ese lenguaje extraño tan apreciado por la justicia-.

Pero a mí ya no me hacía falta la recomendación. Lo tenía decidido. antes de ser el pitorreo general, me iría de la ciudad. ¿Quien iba a confiar en alguien que había fracasado estrepitosamente?. Me despedí por la emisora de los amigos mas cercanos, me dí de baja en la Cooperativa del Taxi, metí mis cuatro cosas en el maletero y puse ruedas en polvorosa.
no llegué muy lejos. En la misma salida de la ciudad me topé con una gran pancarta, tendida de un lado a otro de la carretera, donde se podía leer: “¡ Rayas no te vayas!.
Al parecer, los faros casi se me salen de la cara. En los arcenes, un montón de compañeros agitaban carteles con la misma frase. sonaban los claxons, se iluminaban las luces largas, las cortas, los intermitentes, los antinieblas… Un emocionante guirigay que hizo que se me empañaran todos los cristales. y una gota de anticongelante me resbaló por el morro.

No me fuí, claro.
Ha pasado el tiempo y siempre recordaré aquello. me he quedado con el apodo de “RAYAS-NO-TE-VAYAS, pero estoy muy orgulloso de él porque me recuerda que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, que las equivocaciones, a veces no lo son tanto y que, aunque metas la rueda hasta el fondo, no pasa nada si los tuyos están ahí para apoyarte.
Hoy soy un poco más mayor y responsable. Estoy colado por una bella y elegante limusina que me trae loco y a la que, en cuanto me atreva, pienso invitar a tomar algo en una gasolinera. Y, de cuando en cuando, me coge algún viajero que se sienta tranquilamente, sonríe y me pide:
-Llévame a donde tú quieras, Rayas…
Y es entonces cuando soy feliz.

Ángel Pérez

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5 comentarios en “" Rayas no te vayas "

  1. Ya veo que te has dado la paliza a copiar, pero mereció la pena, está muy bien el cuento. Siempre lleva a los clientes donde te digan si no te multan, joder con la moraleja. Un abrazote Jose y un besazo para las pitufitas

  2. Me ha encantado tu blog.

    Prometo seguirlo 2 o 3 veces por semana :)

    A proposito, viendo el video de shinchan.. tengo una duda. ¿Prefereis que los clientes charlen, o lo veis como.. vaya ahora tengo que darle conversacion?

    Yo como cliente, por lo general intento analizar rapidamente a ver si es una persona a la que se le puede dar conversación, o bien es de los que prefiere ir oyendo la radio.

    Lo dicho, mi mas sincera enhorabuena por este blog, y a ver si algun dia tengo la suerte de levantarte la mano en la calle :)

    Saludos.

    Luis

  3. Hola ! Luis, bienvenido a tu casa, me hace ilusión que vengas a visitarme y comentes cuando te apetezca, gracias.

    A mí me gusta hablar con las personas que lo deseen; es verdad que a veces tienes menos ganas de hablar, pero normalmente son cinco o diez minutos, y tampoco pasa nada.

    En éste trabajo estamos de todo, pero te aseguro que la mayor parte de los taxistas son buena gente.

    Un gran abrazo.

  4. Hola José, hoy entré por primera vez a tu blog, leí algo anterior, y me agradó mucho, mas un video muy conmovedor, de una niña en bici y su padre que se va en canoa y no vuelve. Me ha impresionado, me gusta su blog, volveré, porque ahorita mi perro se subio, todo enlodado a una blusa mia, y la dejó hecha un asco, en otro momento vuelvo.
    desde Nayarit, México, Blanca.
    https://siempre-blanca.blogspot.com/
    Fué un gusto encontrarlo.

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